Breve introducción a las enseñanzas de Krishnamurti

Por el Profesor David Bohm (ex-miembro de la Universidad Birkbeck de Londres)

Contacté por primer vez con la obra de Krishnamurti en 1959 cuando leí su libro “La libertad primera y última”. Su profunda percepción de la cuestión del observador y lo observado me interesó particularmente. Hacía tiempo que esta cuestión estaba en el corazón de mi trabajo como físico teórico y mi interés fundamental por el significado de la teoría cuántica, teoría que, por primera vez en la historia de la física, postula como necesaria para el entendimiento de las leyes fundamentales generales de la materia, la noción de que el observador y lo observado no están separados.

Por ese motivo y por otras percepciones profundas contenidas en este libro, sentí la urgencia de hablar con Krishnamurti personalmente y cara a cara lo antes posible. Cuando por primera vez me reuní con él en una de sus visitas a Londres, me impresionó la gran facilidad de comunicación con él, posible gracias a la intensa energía con la que escuchaba y la libertad de reservas y barreras auto-protectoras que mostraba cuando respondía lo que yo le comentaba. Como persona que trabaja en la ciencia, me sentí como en casa con esta clase de respuestas porque en esencia tenían la misma cualidad como si estuviera en contacto con otros científicos con los que tuve una relación mental muy estrecha. Me acuerdo especialmente de Einstein quien mostraba una intensidad similar y esa ausencia de barreras en muchos de los diálogos que mantuvimos juntos. A partir de entonces, empecé a reunirme regularmente con Krishnamurti y a conversar con él cada vez que venía a Londres.

La obra de Krishnamurti está impregnada de lo que podría llamarse la esencia del enfoque científico, cuando es considerado en su nivel más puro y más alto. De tal manera que él empieza desde un hecho, como la naturaleza de nuestro proceso de pensamiento, hecho que establece a través de una rigurosa atención lo cual implica escuchar cuidadosamente el proceso de la consciencia y observarlo con asiduidad. Al hacerlo, uno constantemente aprende, y de este aprender surge una percepción completa o general de la naturaleza del proceso de pensamiento. Después, esta percepción se pone a prueba: primero, uno verifica si se sostiene en un orden racional y luego comprueba si lo que surge de ella conduce a un orden y una coherencia en la vida como un todo.

Krishnamurti insistía una y otra vez que él no era ninguna autoridad. Hizo ciertos descubrimientos, y tan sólo trató de hacer todo lo posible para poner estos descubrimientos a disposición de manera inteligible para todos aquellos capaces de escuchar. Su obra no se basa en un conjunto de doctrinas, ni ofrece técnicas o métodos para conseguir silenciar la mente. Tampoco pretende establecer un nuevo sistema de creencia religiosa; más bien, depende de cada ser humano ver si puede descubrir por sí mismo lo que Krishnamurti llama atención y, a partir de ahí, hacer nuevos descubrimientos por sí mismo.

Foto portada: Liqichun

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