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Soy ¿libre?

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La sociedad actual (o lo que es lo mismo, el capitalismo) nos dice constantemente que lo más sagrado del ser humano es su libertad. No sólo libertad física, como el libre tránsito por los países o la detención personal, sino también la libertad de expresión, de culto, de religión o de identidad sexual. Muchas veces incluso deteriorando las libertades de los demás. Parece ser que el ser humano debe ser libre para hacer lo que quiera, para poder elegir y actuar como quiera y donde quiera. Y la realidad es que la sociedad, como decía anteriormente, nos obliga a creérnoslo.

Eso crea una falsa impresión de libertad, creemos que somos los dueños de la nave que es nuestro cerebro, donde están todos los controles de nuestro cuerpo. Desde ahí pilotamos este conjunto de millones de células las cuales, por cierto, son totalmente independientes de nuestra voluntad. Además todas esas células se van transformando, muriendo y creándose sin cesar, por lo que realmente el cuerpo de hoy no tiene por qué ser el de mañana. Por otro lado nuestro cerebro tiene dos hemisferios los cuales en muchas ocasiones tienen deseos distintos. El hemisferio izquierdo puede ser más racional y el derecho más artístico. Si nuestro cerebro estuviera escindido (sin la unión entre ambos por el cuerpo calloso) cada mano podría responder de manera distinta, una prefiere las matemáticas y la otra la música. Existen experimentos que confirman esta hipótesis.

Entonces ¿De verdad somos una persona y además libre? Ya hemos hablado que no solo somos uno, ni siquiera dos si atendiéramos exclusivamente a los hemisferios, sino muchísimos focos distintos, hormonas, neurotransmisores, células de todo tipo… Pero es que además creemos que finalmente, después de que confluyan todos los actores anteriormente citados, tomamos una decisión. Pero realmente, solo creemos que hemos tomado esa decisión.

Por ejemplo, rojo o verde, escoge un color. Escogemos el que más nos guste. ¿Ha sido nuestra decisión o realmente ha sido lo que interiormente tenemos configurado como color favorito? Dentro de nosotros surge un deseo y nosotros respondemos a él. Nuestros genes, después de miles de generaciones tienen unas instrucciones que nos indican cuales son nuestras afinidades, si a esto le sumamos la experiencia obtenemos la fórmula mágica que llamamos decisión propia. Entonces, ¿somos meramente testigos de nuestra vida? No. Pero lo que es seguro es que no somos 100% actores de nuestras actividades.

¿Qué lleva a un hombre matar a otro? ¿Es simplemente porque decide hacerlo? Realmente no. Son muchos los condicionantes que influyen, como hemos dicho anteriormente: genes, neurotransmisores, hormonas… Toda una serie de instrucciones que lleva evolutivamente milenios en la constitución genética que lo han presionado para actuar así. Es por ello que en muchos códigos penales y constituciones de paises avanzados se tienen en cuenta todos estos detalles importantes. Una persona que actúe por un miedo incontrolado ante una sombra y le clave un cuchillo a otra persona no es lo mismo que la persona que conscientemente y deliberadamente asesina a otro.

Entonces podemos argumentar que todas las decisiones que tomamos se alcanzan después de una larga cadena de procesos interiores donde actúan muchos factores bioquímicos. Pero esto no equivale a libertad.

Hoy día, gracias a la tecnología podemos comprobar estas hipótesis. Los escáneres cerebrales pueden observar ciertos procesos en nuestro cerebro antes que seamos consciente de ello. Los experimentos que se han realizado son simples. Mientras está introducido el sujeto en el escáner se le facilita un interruptor para que lo pulse simplemente cuando desee hacerlo. En la pantalla del escáner se puede observar como se produce cierta actividad justo antes del movimiento. Incluso antes de que dicha persona sea consciente de ello. Con esto podemos concluir que lo que nosotros entendemos por libertad de elección no es simplemente un libre albedrío. Sino que actuamos conforme a nuestros deseos los cuales a su vez están configurado por toda la maraña de mecanismos internos e instrucciones evolutivas. Sentimos y actuamos conforme a nuestros deseos.

Y nuestra mente consciente es lo mismo. Si intentamos dejarla en blanco observaremos la ingente cantidad de pensamientos que surgen y se van. Que se encadenan unos con otros hasta llegar a recuerdos prácticamente inconexos. ¿Somos libres de pensar lo que queramos? ¿Somos libres de tener deseos que nos inciten a actuar de cierta manera? Y eso que hablamos de la mente consciente, ni que decir tiene si tuviéramos en cuenta la parte inconsciente de nuestro cerebro.

En este caso, la diferencia radica en sentir el deseo y actuar o no conforme a ello. La meditación, tras muchas horas y muchas sesiones nos fortalece a la hora de controlar el deseo. Como comenta el doctor Daniel J Siegel, co-director de Centro de Investigación en Atención Conciente, la meditación hace que la corteza prefrontal (la razón) se imponga al sistema límbico (los deseos). Esto está comprobado científicamente por lo que podemos constatar la importancia de la meditación. La práctica de conciencia plena activa las áreas integrativas. Con mas activación, hay mas actividad eléctrica, mas flujo de sangre, mas actividad química, y mas desarrollo de conexiones neuronales y crecimiento de nuevas neuronas.

El ser humano vive creyendo que todo lo que hace lo hace por su propia voluntad y no es cierto, puesto que la mayor parte de su vida la pasa en modo automático y justificando sus actuaciones como propias. Un mero teatro en el cual el protagonista principal no sabe si quiera que es actor.

Como nota graciosa podemos contar la anécdota que circula por internet, del chico que se emborracha y tienen que mantenerlo de pie sus amigos, entonces mirando a la cámara dice “Si ya saben como me pongo, ¿para qué me invitan?” Justo eso.

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