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Ignacio de Loyola

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Ignacio de Loyola es una de esas personas que, sin tener una vida demasiado impresionante, realmente te cambia la vida. Para ello debes conocerlo bien y dejar de lado las religiones, si no eres religioso, y ver la persona que fue y el desarrollo espiritual que sufrió.

Ignacio nació dentro de una familia acomodada, a finales del siglo XVI, pero no era heredero de la herencia familiar, puesto que era el menor de 13 hermanos. Su futuro debería de fraguarse de otra forma. Gracias a sus contactos, pudo acercarse a la corte española y empezar a saborear las mieles de dicha vida. Pero un inesperado giro, hizo que la persona que lo promocionaba perdiera, a su vez, el apoyo. Además era libertino, se metía en problemas y tuvo incluso antecedentes que quedaron grabados para la posteridad.

Debido al debacle de su mentor, Ignacio decidió probar suerte en la vida militar, por su condición de nobleza (aunque baja) pudo ser oficial. Participó en la guerra de Navarra, donde los franceses intentaban ocupar dicha plaza, la cual estaba siendo disputada también por los españoles. En el fragor de la batalla, pudo comprobar que muchos de sus camaradas se batían en retirada. Él, hinchado de un fragor inusual, decidió atacar aún a riesgo de su vida. El resultado fue el esperado…

Ignacio recuperó la conciencia en un hospital improvisado. Una bala de cañón le había destrozado la pierda. De vez en cuando perdía la conciencia… se despertaba y sentía un dolor inmenso. Pronto volvía a caer en un sueño profundo, lleno de pesadillas. Se veía peleando de nuevo por defender su plaza…

Su valor fue reconocido por todos, pero casi nadie fue a visitarlo. Paso un año en la residencia de su hermano mayor, mientras se recuperaba de su pierna. Después de tan larga espera, por fin pudieron quitarle la escayola. Habían salvado la pierna, pero una deformidad apareció en la rodilla. Los huesos habían soldado mal.

  • ¡Así no quiero vivir! Quiero volver a la corte, ¿quién me querrá? Así no podré cortejar a ninguna dama…

Ignacio de Loyola lo tenía claro, prefería la muerte a una vida de humillaciones. Por lo tanto, ordenó a los médicos que volvieran a romper la pierna para que soldara bien. Éstos le advirtieron sobre las posibles complicaciones y, de hecho, le pidieron firmar un documento donde se les descargaba de toda culpa. La nueva operación fue aún más complicada. Ignacio gritaba como si la vida se le fuera en ello, cayó inconsciente finalmente y cuando despertó volvía a estar en la misma habitación donde ya había residido todo un año. De nuevo, su vida se reducía a esas cuatro paredes.

El cambio en la vida de Ignacio de Loyola

Cuando los dolores fueron remitiendo, Ignacio empezó a recibir las mismas visitas de antes, pero pronto se acabaron. El aburrimiento le invadía. Se estaba desesperando ¡Y aún quedaban muchos meses por delante! Necesitaba alguna distracción, por lo que pidió lectura a su cuñada. Ésta solo poseía algunos libros sobre la vida de santos y la biblia. Ignacio tuvo que conformarse con eso… y vaya si se conformó. Leyó todos los libros, varias veces. Su fe aumentó. Pensó que Dios era el capitán al que él quería servir. Vio la pureza en la vida de los santos. Se hizo muchas preguntas pero también recibió muchas respuestas. Ya no le importaba la vida en la corte, tampoco la vida militar. A partir de ese momento quería dedicarse a servir a Dios, fuera como fuera.

Tras otro año de convalecencia Ignacio citó a su hermano mayor. Quería que supiera su decisión. A partir de ahora llevaría una vida humilde, sin posesiones, sin nombre, sin nada. Su familia se opuso tajantemente, pero él ya había cambiado. Así que con un cayado y una leve cojera que le acompañaría toda su vida se dispuso a partir.

Lo primero que hizo fue ir a ver a su antiguo jefe, el cual le debía su sueldo. Por el camino vio una pequeña ermita en la cual estaban intentando restaurar la imagen de una virgen. Para él, dicha visión fue especial. Continuó andando apoyándose en su cayado hasta llegar a la localidad de destino. Allí le recibieron como un héroe, pero, a la vez, estaban muy extrañados con su forma de comportarse. Él solo quería recibir su dinero, el cual, una vez obtenido, lo dedicó a saldar todas las deudas que había contraído anteriormente. Por último, el dinero que le sobraba lo donó a la pequeña ermita que estaba restaurando la imagen de la virgen. Ahora ya, por fin se sentía libre. Quería ir a Barcelona para coger un barco que le llevara a Tierra Santa.

Ignacio de Loyola sintió en Manresa (Barcelona) una fuerza que, según él, no era de este mundo. Este hecho le animó a realizar unos ejercicios espirituales que le permitieran sentir esa fuerza. Para ello quería ir al santuario de la virgen de Monserrat, donde cambió sus ropas nobles por las de un pordiosero. Entregó sus armas al sacerdote y se quedó aquella noche allí. Desde entonces su vida fue la de un humilde mendigo, pero con mucha fuerza espiritual. Dicha fuerza interior le pedía ir a Tierra Santa, así que pronto llegó tras hacer escala en Italia. Se iba a quedar allí toda su vida, donde Jesús de Nazaret vivió. Pero, antes quería pedir permiso a la autoridad eclesiástica. Todo parecía en orden pero… finalmente se lo denegaron. Tuvo que volver.

Ignacio de Loyola
Relieve de Ignacio de Loyola en la Cueva de Manresa

Debido a esta dificultad, no quiso perder más el tiempo. Tenía más de 30 años y la vida iba muy deprisa. Intentó estudiar, lo hizo en varias universidades españolas, pero siempre acababa mal. El motivo: a la vez que aprendía, él iba dando lecciones y se rodeaba de discípulos. Tenía un magnetismo especial. Pero la inquisición lo encerraba, puesto que él no podía dar lecciones si no tenía estudios teológicos o no era sacerdote.

Los primeros Jesuitas

Tras varios intentos, se fue a París. Sin saber el idioma, se presentó en la capital francesa para estudiar filosofía. Allí la inquisición lo dejaría en paz y fue rodeándose del grupo que le acompañaría hasta el final. La compañía de Jesús, o los jesuitas como se les conoce actualmente. En principio fueron solo 6, pero se dispusieron a entregar sus vidas por el cristianismo.

Varios años después viajó a Roma con todo su grupo. Puesto que era imposible volver a Tierra Santa, se quedó en la capital de la Cristiandad, el Vaticano. Allí fundó su compañía de Jesús, también recibió todos los permisos posibles e, incluso, lo nombraron sacerdote. Su primera misa fue verdaderamente especial. Tantos años caminando y por fin podía entregar el cuerpo de Cristo.

Para el Papa, justo cuando se estaba realizando la Contrarreforma, los jesuitas eran agua cristalina. Volver a los valores de antaño, la castidad, la pobreza, la obediencia absoluta al papado… Eran justo lo que necesitaban. Enviaron a los jesuitas a distintos lugares del mundo a demostrar que la iglesia católica se había reformado. Ya quedaron atrás las vidas de los obispos casados, con varios hijos y rodeados de mujeres. La iglesia volvía al sendero original. En el momento de la muerte de Ignacio, su compañía de Jesús contaba con más de mil miembros, de los cuales todos habían recibido los ejercicios espirituales.

Los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola

Durante toda su vida, intentó perfeccionar unos ejercicios para poder orar a Dios de la forma más plena posible. Los inició en Manresa pero los completó en la época de la universidad. En París ya instruía a varios discípulos con ellos, a los primeros jesuitas. Posteriormente, en Roma los pulió hasta dejar a la posteridad uno de los libros más útiles para la vida espiritual cristiana. En principio estaban pensados para realizarse durante 30 días, aunque se pueden adaptar a tiempos más cortos. Hoy día son miles los jesuitas que reciben el título de maestro espiritual, como Franz Jalics, para impartir retiros espirituales. En dichos retiros se trabajan los ejercicios ignacianos (nombre por el cual también se les conoce), se hace voto de silencio y te instruyen varias veces al día de la manera de como orar y sentir el evangelio. La manera de realizar dicho retiro depende de cada persona. Pero, de seguro, no dejará a nadie indiferente y le otorgará más herramientas para poder enfrentarse a la vida.

  • ¿Qué hace Dios para combatir el hambre en el mundo?
  • Nos ha creado a nosotros.

 

Fuentes:

Autobiografía de Ignacio de Loyola (Gratis en Wikisource)

Ignacio de Loyola, nunca solo
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