El Estoicismo y el Mindfulness

El estoicismo es una corriente filosófica creada por Zenón de Citio, también llamado “el estoico” alrededor del año 300 a.C. El estoicismo se divide en tres fases, antiguo, medio y nuevo (o romano). Fue esta última fase la que nos dio a los filósofos estoicos más famosos, a saber: Epicteto, Séneca y el emperador Marco Aurelio.

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Dokkodo: los 21 preceptos de Miyamoto Musashi

Miyamoto Musashi es el samurái más famoso de todos los tiempos. Sobre él se han inspirado múltiples publicaciones y películas. Además fue un maestro de filosofía en sus últimos años. De hecho, en su vejez, publicó un pequeño escrito titulado Dokkodo, el cual se puede traducir como el camino de la soledad. Tiene la particularidad que fue escrito tan solo una semana antes de su muerte lo que, a su vez, le otorga una mayor importancia, puesto que fue el culmen de su pensamiento. En aquellos momentos se dedicaba a llevar una vida asceta, estoica si me permitís las comparación. Regalaba todos sus bienes materiales y lo poco que se quedaba se lo dejaba a su único discípulo.

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La verdad sobre Séneca

El filósofo Séneca ha gozado de una “merecida” fama toda su vida. Sus enseñanzas son solo equiparables a la de los grandes pensadores mundiales. Sin embargo siempre se le ha encontrado un pequeño escollo. En el se cumplía el dicho “haz lo que digo y no lo que hago”

El hispano Séneca nació en la actual Córdoba en el año 4. a. C. en una familia noble, con el nombre Lucius Anneus Seneca. Al poco de nacer fue llevado a Roma para que recibiera la mejor educación de la época. Fue uno de los máximos exponentes del estoicismo, rama de la filosofía de la que hablamos recientemente.
Su infancia no fue fácil, pues tenía serios problemas de salud, contemplando hasta el suicidio en varias ocasiones. Siempre lo rechazaba pues pensaba que su padre sería incapaz de soportar su pérdida. Ya en edad adulta, ocupó grandes puestos en la vida pública romana, llegando a ser senador en los gobiernos de los emperadores: Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Siendo de éste último su consejero particular. Vivió uno de los periodos más convulsos de la corte romana, la cual había perdido todos los valores que eran tan admirados por sus antepasados, tanto es así que debido a la inestabilidad en el poder se le condenó a muerte, esperándose de él un suicidio que ennobleciera su legado. En el año 65 d.C. moría tras cortarse las venas en la ciudad de Roma. Tras de sí, dejaba múltiples obras consideradas las más importantes de la historia por filósofos posteriores.

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¿Cómo ser un estoico?

Cuando leí por primera vez, Cómo ser un estoico (Ed. Ariel), del doctor en Filosofía, Genética y Biología Evolutiva Massimo Pigliucci, me sorprendí enormemente del parecido del estoicismo con el Mindfulness.

Cuando leí por primera vez, Cómo ser un estoico, del doctor en Filosofía, Genética y Biología Evolutiva Massimo Pigliucci, me sorprendí enormemente del parecido del estoicismo con el Mindfulness. Llama la atención que tanto en oriente como en occidente se llegaran a conclusiones similares acerca del devenir de la vida, cuando eran sociedades totalmente diferentes. La filosofía se adapta al momento presente.

Dos mil años después el Dr. Pigliucci rescata las enseñanzas sobre como ser un estoico, cuyo principal exponente fue Epícteto. En el libro se enseña a utilizar la corriente de pensamiento que nació en el 300 a.C. en la vida moderna. “No existe una sola manera, ni hay un conjunto fijo de doctrinas que se parezcan en nada a un catecismo religioso que se pueda seguir, lo que me parece un aspecto positivo incondicional”, matiza de entrada el autor. “Pero hay personas -como yo mismo y los autores de varios libros recientes sobre el estoicismo- que han desarrollado una práctica basada en una combinación de lo que se puede encontrar en textos antiguos, técnicas modernas derivadas de la terapia cognitiva conductual y otras similares, y lo que nos funciona o no desde el punto de vista individual”.

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Hagakure “Oculto bajo las hojas”

Hagakure, cuya traducción es “oculto bajo las hojas”, es un antiguo breviario de caballería inspirado en el célebre código Bushido escrito por el Samurai Yamamoto Tsunetomo (1659-1719) a uno de sus aprendices entre 1710 y 1717, inspirada en el célebre código Bushido.

Hagakure, cuya traducción es “oculto bajo las hojas”, es un antiguo breviario de caballería inspirado en el célebre código Bushido escrito por el Samurai Yamamoto Tsunetomo (1659-1719) a uno de sus aprendices entre 1710 y 1717, inspirada en el célebre código Bushido. Tsunetomo, fue un samurái que en el siglo XVIII se retiró a las montañas para escribir las reglas del bushidō, con la intención de que fueran útiles a las generaciones venideras.

Hagakure y Bushido

Bushido es la aceptación total de la vida, vivir incluso cuando ya no tenemos deseos de vivir. Esto se logra sabiendo morir en cada instante de nuestra vida, viviendo el instante, el aquí y ahora, sumido en el eterno presente, en vez de abandonar el campo de batalla cotidiano. Para el samurái, la vida es un desafío, y la muerte es preferible a una vida indigna o impura. Esta es la noble y espectacular lección del HAGAKURE. Mantenido en secreto durante siglos, el Hagakure fue el libro de cabecera de Yukio Mishima (uno de los escritores más famosos de Japón).

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¿Quién soy yo? por Ramana Maharshi

«¿Quién soy Yo?» es el título dado a un conjunto de preguntas y respuestas que tratan de la indagación del Sí mismo. Las preguntas fueron formuladas a Bhagavan Sri Ramana Maharshi por un tal Sri M. Sivaprakasam Pillai en torno al año 1902. Sri Pillai, un licenciado en Filosofía, era en aquel momento empleado del Departamento de Renta Pública del Sur Arcot Collectorate. Durante su visita a Tiruvannamalai en 1902 en misión oficial, fue a la Cueva de Virupaksha en la Colina de Arunachala y encontró al Maestro allí. Buscó de él guía espiritual, y solicitó respuestas a preguntas concernientes a la indagación del Sí mismo.

«¿Quién soy Yo?» es el título dado a un conjunto de preguntas y respuestas que tratan de la indagación del Sí mismo. Las preguntas fueron formuladas a Bhagavan Sri Ramana Maharshi por un tal Sri M. Sivaprakasam Pillai en torno al año 1902. Sri Pillai, un licenciado en Filosofía, era en aquel momento empleado del Departamento de Renta Pública del Sur Arcot Collectorate. Durante su visita a Tiruvannamalai en 1902 en misión oficial, fue a la Cueva de Virupaksha en la Colina de Arunachala y encontró al Maestro allí. Buscó de él guía espiritual, y solicitó respuestas a preguntas concernientes a la indagación del Sí mismo.

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Serenidad, fortaleza y sabiduría

Muchas frases nos causan un gran impacto y solemos recurrir a ellas en tiempo de necesidad. Suelen tener varias cualidades que nos hacen considerarlas interesantes. Suelen condensar la sabiduría, nos hacen reflexionar, contienen las palabras exactas y no poseen ningún añadido superfluo. En mi caso, siempre me ha llamado poderosamente la atención la que os propongo a continuación.

Muchas frases nos causan un gran impacto y solemos recurrir a ellas en tiempo de necesidad. Suelen tener varias cualidades que nos hacen considerarlas interesantes. Suelen condensar la sabiduría, nos hacen reflexionar, contienen las palabras exactas y no poseen ningún añadido superfluo. En mi caso, siempre me ha llamado poderosamente la atención la que os propongo a continuación porque usa tres conceptos claves en la personalidad del ser humano: serenidad, fortaleza y sabiduría

Esta frase se atribuye al teólogo y filósofo americano Reinhold Niebuhr, (Wrigth City, Missouri, 1892 – Stockbridge, 1971), el cual hablaba sobre las tres cualidades que titulan este artículo, en su oración de la sabiduría.

Serenidad, fortaleza y sabiduría

Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,

fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar

y sabiduría para entender la diferencia.

¿Por qué son tan importantes estas cualidades?

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El Samurái y el pescador (Relato)

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurái japonés que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para recolectarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurái, que era famoso por ser corto de genio. El Samurái fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta que no lo encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo escondía de la vista. En su enojo, desenvainó su espada y dijo: “¿Tienes algo que decir?”, le gritó.

Este relato era desconocido para mi. Debo reconocer que casi todo lo relacionado con los samuráis me apasiona y es algo que suele despertar mi curiosidad, sobre todo si esconde enseñanzas relacionadas con su código de ética y moral llamado Bushido.

El Samurái y el pescador

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurái japonés que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para recolectarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurái, que era famoso por ser corto de genio. El Samurái fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta que no lo encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo escondía de la vista. En su enojo, desenvainó su espada y dijo: “¿Tienes algo que decir?”, le gritó el Samurái.

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Jiddu Krishnamurti

Jiddu Krishnamurti nació el 11 de mayo de 1895 en Madanapalle, un pequeño pueblo del sur de la India. La Dra. Annie Besant, entonces presidenta de la Sociedad Teosófica, adoptó a Krishnamurti y a su hermano cuando eran jóvenes y junto con otros proclamó a Krishnamurti como el próximo Instructor del mundo, venida que ya habían pronosticado los mismos teósofos. Para preparar el mundo para esa venida, se creó una organización mundial llamada “La Orden de la Estrella” y el joven Krishnamurti fue designado como su máximo dirigente.

Jiddu Krishnamurti nació el 11 de mayo de 1895 en Madanapalle, un pequeño pueblo del sur de la India. La Dra. Annie Besant, entonces presidenta de la Sociedad Teosófica, adoptó a Krishnamurti y a su hermano cuando eran jóvenes y junto con otros proclamó a Krishnamurti como el próximo Instructor del mundo, venida que ya habían pronosticado los mismos teósofos. Para preparar el mundo para esa venida, se creó una organización mundial llamada “La Orden de la Estrella” y el joven Krishnamurti fue designado como su máximo dirigente.

Sin embargo, en 1929 Krishnamurti renunció a ese papel que supuestamente debía jugar, disolvió la Orden que ya tenía un inmenso número de seguidores y devolvió todo el dinero y las propiedades donadas para ese trabajo.

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La conciencia

Las células se conectan unas a otras en una red de tan sorprendente complejidad que el lenguaje humano resulta insuficiente y se necesitan nuevas expresiones matemáticas. Una neurona típica lleva a cabo unas diez mil conexiones con sus neuronas adyacentes. Teniendo en cuenta que disponemos de miles de millones de neuronas, eso significa que hay tantas conexiones en un solo centímetro cúbico de tejido cerebral como estrellas en la galaxia de la Vía Láctea.

Hoy vamos a hablar sobre la conciencia y su relación con el cerebro (las vidas secretas del cerebro). Su cerebro está compuesto por células llamadas neuronas y glías: cientos de miles de millones. Cada una de estas células es tan complicada como una ciudad. Y cada una de ellas contiene todo el genoma humano y hace circular miles de millones de moléculas en intrincadas economías. Cada célula manda impulsos eléctricos a otras células, en ocasiones hasta cientos de veces por segundo. Si representara estos miles y miles de billones de pulsos en su cerebro mediante un solo fotón de luz, el resultado que se obtendría sería cegador.

Las células se conectan unas a otras en una red de tan sorprendente complejidad que el lenguaje humano resulta insuficiente y se necesitan nuevas expresiones matemáticas. Una neurona típica lleva a cabo unas diez mil conexiones con sus neuronas adyacentes. Teniendo en cuenta que disponemos de miles de millones de neuronas, eso significa que hay tantas conexiones en un solo centímetro cúbico de tejido cerebral como estrellas en la galaxia de la Vía Láctea.

Lesionarse el dedo meñique en un accidente es algo que fastidia, pero su experiencia consciente no será distinta. En cambio, si se daña un trozo de tejido cerebral de tamaño equivalente, puede que cambie su capacidad para comprender la música, identificar a los animales, ver los colores, evaluar el peligro, tomar decisiones, leer las señales de su cuerpo, o comprender el concepto de espejo, desvelando así el funcionamiento extraño y oculto de la maquinaria que hay debajo. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, instintos cómicos, grandes ideas, fetiches, el sentido del humor, los deseos, emergen de este extraño órgano, y cuando el cerebro cambia, nosotros también. De modo que aunque resulta fácil intuir que los pensamientos no tienen una base física, que son algo parecido a las plumas al viento, de hecho dependen directamente de la integridad de ese enigmático centro de control de un kilo doscientos gramos de peso.

Lo primero que aprendemos al estudiar nuestros propios circuitos es una lección muy simple: casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control consciente.

Los inmensos laberintos neuronales aplican sus propios programas. El tú consciente –ese yo que poco a poco vuelve a la vida cuando se despierta por la mañana– es el fragmento más pequeño de lo que ocurre en tu cerebro. Aunque dependemos del funcionamiento del cerebro para nuestras vidas interiores, él actúa por su cuenta. Casi todas sus operaciones quedan fuera de la acreditación de seguridad de la mente consciente. El yo simplemente no tiene derecho de entrada.

En 1949, Arthur Alberts viajó desde su residencia en Yonkers, Nueva York, hasta unas aldeas situadas entre Gold Coast, Australia, y Tombuctú, en África Occidental. Se llevó a su esposa, una cámara fotográfica, un jeep y –debido a su amor por la música– una grabadora que funcionaba con la batería del jeep. En su deseo de abrir los oídos del mundo occidental, grabó parte de la música más importante que jamás ha salido de África. Pero mientras utilizaba la grabadora, Alberts se topó con algunos problemas. Un nativo de África Occidental, al oír reproducida su propia voz, acusó a Alberts de «robarle la lengua». Alberts evitó por los pelos que le dieran una paliza sacando un espejo y convenciendo al hombre de que su lengua seguía intacta.

No es difícil comprender por qué a los nativos el invento de la grabadora les parecía tan inverosímil. Una vocalización parece efímera e inefable: es como abrir una bolsa de plumas que se desperdigan al viento y nunca se pueden recuperar. Las voces son ingrávidas e inodoras, algo que no se puede coger con la mano.

Por tanto, resulta sorprendente que la voz sea algo físico. Si construyes una pequeña máquina lo bastante sensible para detectar diminutas compresiones de las moléculas del aire, puedes captar esos cambios de densidad y posteriormente reproducirlos. A estas máquinas las denominamos micrófonos, y cada una de los miles de millones de radios del planeta ofrece orgullosa esas bolsas de plumas que antaño se creyeron irrecuperables. Cuando Alberts reprodujo la música de la grabadora, un miembro de una tribu de África Occidental describió esa proeza como «pura magia».

Y lo mismo ocurre con los pensamientos. ¿Qué es exactamente un pensamiento? No parece tener peso. También parece efímero e inefable. Nadie diría que un pensamiento tiene forma, olor, ni ningún tipo de representación física. Los pensamientos parecen ser un ejemplo de pura magia.

conciencia

Pero, al igual que las voces, los pensamientos se sustentan en un elemento físico. Lo sabemos porque las alteraciones del cerebro cambian los pensamientos que tenemos. Cuando dormimos profundamente, no hay pensamientos. Cuando el cerebro comienza a soñar, aparecen pensamientos espontáneos extravagantes. Durante el día disfrutamos de nuestros pensamientos normales y aceptados, que la gente modula de manera entusiasta salpicando los cócteles químicos del cerebro con alcohol, narcóticos, cigarrillos, café o ejercicio físico. El estado de la materia física determina el estado de los pensamientos.

Y la materia física es totalmente necesaria para que el pensamiento normal no se detenga. Lesionarse el dedo meñique en un accidente es algo que fastidia, pero su experiencia consciente no será distinta. En cambio, si se daña un trozo de tejido cerebral de tamaño equivalente, puede que cambie su capacidad para comprender la música, identificar a los animales, ver los colores, evaluar el peligro, tomar decisiones, leer las señales de su cuerpo, o comprender el concepto de espejo, desvelando así el funcionamiento extraño y oculto de la maquinaria que hay debajo. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, instintos cómicos, grandes ideas, fetiches, el sentido del humor, los deseos, emergen de este extraño órgano, y cuando el cerebro cambia, nosotros también. De modo que aunque resulta fácil intuir que los pensamientos no tienen una base física, que son algo parecido a las plumas al viento, de hecho dependen directamente de la integridad de ese enigmático centro de control de un kilo doscientos gramos de peso.

Lo primero que aprendemos al estudiar nuestros propios circuitos es una lección muy simple: casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control consciente. Los inmensos laberintos neuronales aplican sus propios programas. El tú consciente –ese yo que poco a poco vuelve a la vida cuando se despierta por la mañana– es el fragmento más pequeño de lo que ocurre en tu cerebro. Aunque dependemos del funcionamiento del cerebro para nuestras vidas interiores, él actúa por su cuenta. Casi todas sus operaciones quedan fuera de la acreditación de seguridad de la mente consciente. El yo simplemente no tiene derecho de entrada.

La conciencia es como un diminuto polizón en un transatlántico, que se lleva los laureles del viaje sin reconocer la inmensa obra de ingeniería que hay debajo…

En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión. Ninguno de ellos dijo: «He observado que sus pupilas eran dos milímetros más grandes en esta foto que en esta otra.» Simplemente se sintieron más atraídos por unas mujeres que por otras por razones que fueron incapaces de identificar.

Así pues, ¿quién elige? En el funcionamiento en gran medida inaccesible del cerebro, algo sabía que los ojos dilatados de las mujeres tenían relación con la excitación y la buena disposición sexual. Los cerebros lo sabían, pero no los hombres que participaron en el estudio, o al menos no de manera explícita. Es posible que los hombres no supieran que su idea de la belleza y de la atracción es algo profundamente arraigado, guiado en la dirección correcta por programas forjados por millones de años de selección natural. Cuando los hombres eligieron a las mujeres más atractivas, no sabían que la elección en realidad no era suya, sino que pertenecía a los programas que más profundamente han quedado grabados en el circuito del cerebro a lo largo de cientos de miles de generaciones.

Los cerebros se dedican a reunir información y a guiar nuestro comportamiento de manera adecuada. Tanto da que la conciencia participe o no en la toma de decisiones. Y casi nunca participa. Si hablamos de ojos dilatados, celos, atracción, afición a las comidas grasas, una gran idea que tuvimos la semana pasada, la conciencia es la que menos pinta en las operaciones del cerebro. Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo.

Uno se da cuenta de ello cuando tiene el pie a mitad del camino del freno antes de ser consciente de que un Toyota rojo está saliendo marcha atrás de la entrada de una casa en la calle por la que circula. Lo ve cuando oye pronunciar su nombre en una conversación que tiene lugar en la otra punta de la habitación y que creía no estar escuchando, o cuando encuentra atractivo a alguien sin saber por qué, o cuando su sistema nervioso manda una «corazonada» acerca de qué debería escoger.

El cerebro es un sistema complejo, pero eso no significa que sea incomprensible. Nuestros sistemas nerviosos han sido modelados por la selección natural para solventar problemas con los que nuestros antepasados se toparon durante la historia evolutiva de nuestra especie. Su cerebro ha sido moldeado por presiones evolutivas, del mismo modo que su bazo y sus ojos. Y también su conciencia. La conciencia se desarrolló porque tenía sus ventajas, pero tenía sus ventajas sólo en cantidades limitadas.

Consideremos la actividad que caracteriza una nación en cualquier momento. Las fábricas están en marcha, la líneas de telecomunicaciones zumban de actividad, las empresas despachan productos. La gente come constantemente. El alcantarillado encauza nuestros desperdicios. Por las grandes extensiones del territorio, la policía persigue a los delincuentes. Se cierran tratos con un apretón de manos. Hay encuentros amorosos. Las secretarias filtran las llamadas, los profesores dan clases, los atletas compiten, los médicos operan, los conductores de autobuses circulan. Puede que desee saber lo que ocurre en cualquier momento en su gran país, pero es imposible que asimile toda la información a la vez. Y aunque pudiera, no le sería de ninguna utilidad. Quiere un resumen. Así que agarra un periódico: no algo denso como el New York Times, sino algo más ligero como USA Today. No le sorprenderá comprobar que ninguno de los detalles de toda esa actividad figuran en el periódico; después de todo, lo que quiere conocer es el resultado. Quiere saber que el Congreso acaba de aprobar una nueva ley impositiva que afecta a su familia, pero el origen detallado de la idea –en la que participan abogados, corporaciones y obstruccionistas– no es especialmente importante para el resultado. Y desde luego no quiere conocer todos los detalles del abastecimiento alimenticio del país –cómo comen las vacas y cuántas nos comemos–, lo único que quiere es que le adviertan si hay un brote de la enfermedad de las vacas locas. No le importa cuánta basura se produce; lo único que le interesa es si va a acabar en su patio trasero. Poco le importa la instalación eléctrica y la infraestructura de las fábricas; sólo si los trabajadores se ponen en huelga. Eso es lo que le cuentan los periódicos.

Su mente consciente es ese periódico. Su cerebro bulle de actividad las veinticuatro horas del día, y, al igual que el país, casi todo ocurre de manera local: pequeños grupos que constantemente toman decisiones y mandan mensajes a otros grupos. De estas interacciones locales emergen coaliciones más grandes. En el momento en que lee un titular mental, la acción importante ya ha sucedido, los tratos están cerrados. Es sorprendente el poco acceso que tiene a algo que ha ocurrido entre bastidores. Algunos movimientos políticos ganan apoyo de manera gradual y se vuelven imparables antes de que se dé cuenta de su existencia en forma de sentimiento, intuición o pensamiento. Es el último en enterarse de la información.

conciencia

Sin embargo, es un lector de periódico bastante peculiar, pues lee el titular y se atribuye el mérito de la idea como si se le hubiera ocurrido a usted primero. Alegremente dice: «¡Se me acaba de ocurrir algo!», cuando de hecho su cerebro ha llevado a cabo un enorme trabajo antes de que tuviera lugar ese momento genial. Cuando una idea sale a escena, su circuito nervioso lleva horas, días o años trabajando en ella, consolidando información y probando nuevas combinaciones. Pero usted se la atribuye sin pararse a pensar en la inmensa maquinaria oculta que hay entre bastidores.

¿Y quién puede culparle por creer que se puede atribuir el mérito? El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito.

Para demostrar la interferencia de la conciencia como si fuera un truco de magia, entregue a un amigo dos rotuladores –uno en cada mano– y pídale que firme su nombre con la derecha y al mismo tiempo que firme hacia atrás (espejo invertido) con la izquierda. Esa persona descubrirá rápidamente que sólo hay una manera de hacerlo: no pensando en ello. Al excluir la interferencia consciente, sus manos pueden llevar a cabo complejos movimientos espejo sin problema alguno, pero si piensa en sus acciones, la labor se enreda rápidamente en una maraña de trazos vacilantes

Tal como lo expresó Carl Jung: «En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos.» Tal como lo expresó Pink Floyd: «Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.»

Casi nada de lo que ocurre en nuestra vida mental está bajo nuestro control consciente, y la verdad es que es mejor que sea así. La conciencia puede atribuirse todo el crédito que quiera, pero es mejor que quede al margen de casi todas las decisiones que se toman en el cerebro. Cuando se entromete en detalles que no entiende, la operación es menos eficaz. Una vez te pones a pensar en dónde colocar los dedos sobre las teclas del piano, te vuelves incapaz de interpretar la pieza.

Fuente: Incógnito: Las vidas secretas del cerebro.

Discusión filosófica (Relato)

En el siguiente relato, nos situamos a principios del siglo XX en la prestigiosa Universidad de Berlín. En medio de una conferencia, se estaba produciendo una discusión filosófica bastante interesante. De pronto, el profesor propuso un desafío a un numeroso grupo de alumnos.

Discusión filosófica – Relato

¿Dios creó todo lo que existe? – Preguntó el profesor
Uno de los alumnos respondió sin pensar: Sí, el lo creó todo.

No conforme con la respuesta el profesor volvió a preguntar: ¿Dios creó realmente todo lo que existe?, y el joven respondió: Sí señor.

El profesor respondió: Si Dios creó todo lo que existe, ¡entonces Dios hizo el mal, ya que el mal existe! Y si establecemos que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, ¡entonces Dios es malo!

El joven se calló, ante lo cual el profesor se regocijó al haber probado, una vez más, que la fe era un mito.

Otro estudiante levantó la mano y preguntó: ¿Puedo hacerle una pregunta profesor?

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Diógenes vs Alejandro Magno

Actualmente está muy en boga la patología conocida como el Síndrome de Diógenes, que se caracteriza por recoger y guardar basura, por considerar que todas esas posesiones son importantes y que algún día nos pueden servir. Suele ocurrir sobre todo en personas mayores que viene solas.

“En estos pacientes subyacen una serie de enfermedades como demencia, cuadros psicóticos, trastornos obsesivos o personalidad con rasgos paranoides que les lleva a vivir en esas condiciones”, señala Javier Gómez Pavón, Secretario General de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

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