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Una nueva investigación en psicología muestra que las personas sobreestiman constantemente cuánto mienten y engañan los demás.

Una nueva investigación en psicología muestra que las personas sobreestiman constantemente cuánto mienten y engañan los demás.

Psicología

Tendemos a pensar que vivimos rodeados de tramposos y mentirosos. Si alguna vez has desconfiado de un compañero de trabajo que se atribuye un mérito dudoso o has asumido que la mayoría de la gente defrauda a Hacienda en cuanto tiene la oportunidad, no estás solo en absoluto.

Sin embargo, la ciencia acaba de demostrar que nuestra visión colectiva sobre la moralidad ajena es sumamente pesimista e injustificada. De hecho, sobreestimamos la deshonestidad de nuestros semejantes por un margen abrumador, un sesgo cognitivo que no solo daña la confianza social básica, sino que también fomenta entornos de trabajo asfixiantes basados en la vigilancia constante y el control excesivo.

Un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista Journal of Experimental Social Psychology revela que los seres humanos calculamos fatal el nivel de honradez de las personas con las que convivimos y trabajamos. Según los investigadores, tendemos a creer que el engaño y el fraude son prácticas mucho más comunes de lo que sugieren los datos reales recopilados de forma objetiva.

Corregir esta percepción distorsionada mediante datos reales no solo alivia el cinismo generalizado que empaña nuestras relaciones cotidianas, sino que también reduce de manera drástica el apoyo a medidas invasivas de control en el trabajo, abriendo la puerta a una visión de la naturaleza humana mucho más optimista y saludable.

La honestidad como el motor invisible de la sociedad

La honestidad actúa como el pegamento invisible que mantiene unidas nuestras estructuras sociales y económicas. Sin un nivel básico de confianza mutua, las transacciones comerciales más cotidianas, los acuerdos de empleo y las interacciones comunitarias en nuestros barrios colapsarían bajo el peso de la sospecha permanente.

Cuando los individuos actúan de manera deshonesta, los costes para el conjunto de la sociedad son inmensos, manifestándose en forma de evasión de impuestos, fraude de seguros y hurtos en comercios minoristas. Estos comportamientos delictivos u oportunistas obligan a las administraciones y a las empresas a implementar costosos sistemas de seguridad y burocracia que, en última instancia, terminamos pagando todos los ciudadanos de nuestro propio bolsillo.

A pesar de la importancia obvia de la honradez para la prosperidad común, la psicología y la economía se han centrado tradicionalmente en analizar las tentaciones y los factores individuales que empujan a las personas a mentir para obtener un beneficio personal. Se ha estudiado de manera exhaustiva el perfil de quien comete fraude, pero se ha prestado mucha menos atención a las creencias subjetivas que albergamos sobre la moralidad de los demás.

Creer que los otros son corruptos o tramposos por naturaleza altera nuestras decisiones diarias, haciendo que nos mostremos más defensivos, menos cooperativos y mucho más favorables a políticas autoritarias de control tanto en el espacio público como en el entorno laboral.

Diversos estudios de economía del comportamiento sugieren que los países con mayores niveles de confianza social tienden a ser económicamente más prósperos y a tener instituciones más eficientes. Esto se debe a que la confianza reduce los llamados costes de transacción; es decir, no es necesario gastar tanto tiempo ni dinero en redactar contratos hiperdetallados o en contratar inspectores si asumimos que la otra parte cumplirá con su palabra.

Por lo tanto, entender si nuestras suposiciones sobre la honestidad ajena son correctas o están distorsionadas tiene implicaciones macroeconómicas de un valor incalculable para el bienestar de cualquier nación.

Dos teorías enfrentadas: el sesgo de verdad frente al pensamiento cínico

¿Por qué esperamos lo peor de nuestros semejantes en lugar de concederles el beneficio de la duda? Para explicar cómo percibimos la mentira y el engaño en los demás, la psicología social manejaba hasta ahora dos hipótesis científicas completamente contradictorias. Por un lado, la investigación tradicional sobre la detección de mentiras apunta a la existencia de un sesgo de verdad.

Esta perspectiva teórica, respaldada por numerosos experimentos sobre comunicación interpersonal, sostiene que las personas tendemos a asumir por defecto que nuestros interlocutores nos están diciendo la verdad, simplemente porque es la forma más eficiente y menos costosa de comunicarnos en el día a día.

Bajo esta premisa, lo lógico sería que subestimáramos de manera habitual la frecuencia real con la que la gente miente.

Por otro lado, la literatura científica sobre el pensamiento cínico y defensivo sugiere justamente lo contrario. Desde este punto de vista, asumimos inconscientemente el peor escenario posible sobre las intenciones ajenas como una estrategia de autodefensa. Al presuponer que los demás van a intentar engañarnos o explotarnos en su propio beneficio, nos protegemos mentalmente de posibles decepciones emocionales o pérdidas económicas graves.

Si crees que el vendedor de coches te va a engañar, irás preparado para negociar con dureza. Para resolver este conflicto entre el sesgo de verdad y el pesimismo defensivo, un equipo de científicos diseñó un ambicioso proyecto de investigación orientado a mapear con precisión matemática la brecha entre nuestras expectativas y la cruda realidad del comportamiento humano.

Esta dualidad teórica plantea un dilema fascinante sobre el diseño de las interacciones sociales. Si el sesgo de verdad es el que domina nuestras interacciones cotidianas, la sociedad corre el riesgo de ser demasiado vulnerable frente a los mentirosos patológicos y los estafadores oportunistas. Sin embargo, si lo que predomina es un cinismo exacerbado, las relaciones interpersonales se vuelven frías, distantes y basadas en una constante vigilancia armada.

Los investigadores del estudio se propusieron determinar cuál de estas dos fuerzas define realmente nuestra percepción del comportamiento moral de la comunidad.

El origen del experimento y la sorpresa de los investigadores

La idea detrás de esta reveladora investigación nació de la experiencia directa de Jareef Martuza, profesor asistente de estrategia y gestión en la prestigiosa Escuela Noruega de Economía. Durante la preparación de su tesis doctoral centrada en la toma de decisiones morales, Martuza organizó diversos experimentos de laboratorio en los que daba a cientos de participantes la oportunidad de mentir de forma completamente anónima para obtener un incentivo monetario.

Por mera curiosidad científica, decidió pedirles también que predijeran qué porcentaje del resto de participantes creían que caería en la tentación de hacer trampas para llevarse el dinero a casa.

Martuza confesó que su expectativa inicial era que la gente, en promedio, sería capaz de realizar estimaciones bastante acertadas basándose en su sentido común y en su propia experiencia de vida. Sin embargo, los resultados preliminares mostraron de manera consistente una notable sobreestimación de la deshonestidad ajena.

Al darse cuenta de que incluso sus propias suposiciones profesionales sobre lo que la gente creía estaban equivocadas, decidió iniciar una investigación formal junto a sus colegas Helge Thorbjørnsen y Hallgeir Sjåstad para estudiar este fenómeno de forma sistemática y analizar sus implicaciones a gran escala en el tejido social.

La brecha matemática entre la expectativa y la realidad

Para dar solidez científica a sus sospechas, los investigadores realizaron en primer lugar un exhaustivo análisis interno de sus propios datos no publicados previamente. Este colosal esfuerzo de recopilación incluyó un total de 31 comparaciones diferentes distribuidas a lo largo de 11 experimentos independientes, acumulando un volumen de 8.126 respuestas procedentes de 7.340 participantes únicos.

En cada uno de estos escenarios experimentales, los sujetos se enfrentaban a situaciones diseñadas para medir su honestidad real de forma anónima, permitiéndoles mentir para obtener un pequeño beneficio económico sin riesgo alguno de ser descubiertos, penalizados o juzgados por sus compañeros.

La mayoría de estas pruebas de comportamiento se basaron en un clásico juego de lanzamiento de dados realizado de forma mental por el participante. En esta prueba, el sujeto debía pensar en un número del uno al seis, lanzar un dado físico y reportar de forma anónima si su predicción inicial había coincidido con el resultado del lanzamiento.

Dado que la probabilidad matemática de acertar de forma justa es exactamente de una entre seis (aproximadamente un 16,67%), cualquier desviación significativa por encima de ese porcentaje revelaba con total precisión el porcentaje de personas que mentían a nivel grupal para cobrar el incentivo financiero. En otra variante, los participantes jugaban a un juego de emparejamiento de colores donde podían reportar falsamente haber visto un color para ganar dinero a expensas de un compañero anónimo.

Este tipo de diseño metodológico es sumamente valorado en la economía del comportamiento porque elimina la deseabilidad social: al ser el proceso completamente privado, el participante no siente la presión externa de actuar de manera correcta para agradar al experimentador. Por tanto, los niveles de honestidad registrados en este tipo de pruebas reflejan con un alto grado de fiabilidad la moralidad intrínseca de los individuos cuando nadie los está mirando, proporcionando un marco de comparación perfecto para evaluar las expectativas del resto del grupo.

Un pesimismo moral cuantitativamente demostrable

Los resultados de estas pruebas de comportamiento fueron contundentes y revelaron una sobreestimación masiva de la falta de honradez ajena. Al comparar las predicciones de los participantes con los niveles reales de engaño registrados matemáticamente, los investigadores descubrieron que los sujetos sobreestimaron la tasa de comportamiento deshonesto en una media de 13,6 puntos porcentuales.

Un abrumador 63,5% de los participantes sobreestimó el nivel de fraude por cinco puntos porcentuales o más, mientras que solo una cuarta parte de la muestra analizada subestimó la tasa de engaño de sus semejantes.

Este sesgo pesimista demostró ser especialmente robusto y se manifestó con fuerza en todos los contextos evaluados, independientemente de si el participante en cuestión había decidido actuar de manera honesta o deshonesta durante su propio turno de juego. Los científicos observaron que la tendencia a presuponer la mentira ajena se intensificaba de manera notable en los juegos económicos que involucraban dinero real, en comparación con escenarios meramente hipotéticos.

Esto sugiere que cuando hay incentivos financieros tangibles sobre la mesa, la tentación de mentir se vuelve mucho más prominente en nuestra mente, y proyectamos esa supuesta debilidad moral en el resto del mundo al asumir de forma errónea que casi todo el mundo sucumbirá a ella.

El impacto de corregir el pesimismo en la confianza social

Una vez comprobada la existencia de este sesgo de desconfianza, el siguiente paso de la investigación consistió en averiguar si corregir esta percepción distorsionada podía transformar de manera efectiva la forma en que los ciudadanos vemos el mundo que nos rodea. Los científicos diseñaron un segundo estudio en el que participaron 981 adultos, dividiéndolos de forma aleatoria en dos grupos diferenciados.

Al grupo de tratamiento se le mostró un texto breve e informativo que detallaba los descubrimientos reales de la investigación: que el 70% de las personas actúan con total honestidad en estas pruebas de laboratorio y que la sociedad tiende a sobreestimar el engaño en unos 14 puntos de diferencia.

Por su parte, el grupo de control recibió una descripción general del estudio de psicología pero sin ningún tipo de estadística o dato concreto.

Los resultados obtenidos tras esta intervención informativa fueron reveladores y sumamente esperanzadores. Aquellos participantes que recibieron los datos reales sobre los altos niveles de honestidad reportaron posteriormente una perspectiva significativamente más positiva de la sociedad en general. Mostraron niveles de confianza social mucho más elevados, una menor inclinación hacia el cinismo y una convicción más firme de que la gente, por lo general, intenta ser justa, cooperativa y servicial con los demás.

Este hallazgo proporciona una evidencia sólida de que intervenir sobre una creencia negativa específica puede generar un efecto cascada que mejora nuestra visión del comportamiento humano en un sentido amplio y constructivo.

Este fenómeno demuestra que el cinismo social no es necesariamente un rasgo de personalidad inmutable, sino el resultado de un marco de información defectuoso. Al suministrar datos objetivos y rigorosos que desmienten nuestras peores sospechas, la mente humana es capaz de recalibrar sus niveles de desconfianza de forma rápida y saludable.

Este tipo de intervenciones informativas podrían ser de gran utilidad si se aplicaran en campañas educativas o en políticas públicas destinadas a restaurar el tejido social en comunidades que han sufrido procesos de polarización o desconfianza institucional.

Directivos bajo la lupa: desconfianza y vigilancia en el trabajo

El impacto de este sesgo de desconfianza adquiere una relevancia crítica cuando nos trasladamos al ámbito corporativo y de la gestión de equipos de trabajo. Los directivos y gestores de recursos humanos son los encargados de diseñar las normativas internas, establecer los sistemas de control y definir la cultura de una organización.

Si un líder asume de partida que sus empleados van a intentar engañarle o escaquearse a la mínima oportunidad, es muy probable que implemente políticas restrictivas que destruyan el clima laboral y desmotiven al talento. Para analizar esta dinámica en el mundo real, los investigadores reclutaron a un grupo de 285 directores, vicepresidentes y ejecutivos de alto nivel en un tercer estudio.

A estos líderes empresariales se les pidió que estimaran la prevalencia de seis comportamientos deshonestos muy comunes en el mundo profesional, incluyendo el robo de material de oficina, el inflado de los informes de gastos de representación, la exageración de las horas trabajadas, la compra de productos falsificados, el fraude a los seguros médicos y el hurto directo en establecimientos comerciales.

El resultado obtenido fue idéntico al de la población general, pero con una intensidad aún mayor: los directivos sobreestimaron de manera flagrante la deshonestidad ajena. En el juego del dado, por ejemplo, predijeron que un 55% de la gente mentiría, lo cual superaba en 25 puntos porcentuales la tasa real de engaño.

Asimismo, estimaron que los niveles reales de fraude corporativo eran infinitamente superiores a los que los empleados confesarían en encuestas anónimas tradicionales.

Este pesimismo moral correlacionó de manera directa con una preferencia muy marcada por la implementación de medidas estrictas de vigilancia y monitorización de los empleados. Los directivos que creían que sus plantillas estaban compuestas mayoritariamente por tramposos potenciales se mostraron mucho más favorables a implementar programas espía en los ordenadores corporativos, sistemas de seguimiento del movimiento del ratón y cámaras de seguridad invasivas en todas las áreas de la oficina.

Esta mentalidad de asedio constante no solo reduce el bienestar emocional de los trabajadores, sino que a menudo desencadena el efecto contrario: cuando los empleados se sienten tratados como sospechosos, su compromiso con la empresa cae en picado.

Menos sospechas equivalen a mayor libertad laboral

Para verificar si la información basada en datos objetivos podía mitigar esta destructiva tendencia controladora entre los líderes, los científicos realizaron un cuarto estudio en el que participaron 741 directivos profesionales. Al igual que en la fase anterior, a la mitad de ellos se les presentaron las estadísticas empíricas que demuestran la honestidad mayoritaria de la población, mientras que la otra mitad actuó como grupo de control.

Posteriormente, se les pidió que evaluaran su nivel de apoyo a diferentes políticas de vigilancia en el trabajo mediante escalas deslizantes diseñadas para medir su inclinación a aumentar o disminuir los sistemas de control físico y digital.

La intervención informativa volvió a funcionar con un éxito rotundo. Aquellos directivos que descubrieron que sus sospechas eran infundadas mostraron un apoyo significativamente menor hacia las medidas de control invasivas que restringen la libertad y la privacidad de los trabajadores. El acceso a datos basados en evidencias científicas les ayudó a calibrar mejor los riesgos reales de fraude, reduciendo la necesidad autopercibida de monitorizar de manera obsesiva a sus plantillas en cinco de los seis escenarios empresariales planteados.

Aunque Martuza advierte que este estudio evaluó intenciones declaradas en encuestas y no decisiones corporativas reales tomadas bajo la presión de un consejo de administración, el hallazgo abre una vía crucial para mitigar el desgaste del clima laboral que provoca la microgestión defensiva y la desconfianza patronal.

Fomentar una cultura laboral de confianza no solo es más saludable para el bienestar psicológico de los empleados, sino que también resulta sumamente rentable para las compañías. Las organizaciones que prescinden de costosos sistemas de vigilancia electrónica pueden reasignar esos recursos económicos a áreas productivas como la innovación, la formación de los empleados o la mejora de los canales de atención al cliente.

Así, corregir el sesgo de desconfianza de los líderes puede transformar un entorno laboral tóxico en un espacio de trabajo colaborativo y de alta productividad.

Limitaciones metodológicas y cuestiones pendientes

Pese a la solidez de las conclusiones de este estudio, los propios autores señalan que debemos interpretar los resultados con una saludable dosis de cautela y sin caer en un optimismo ingenuo que ignore los desafíos de la convivencia humana. Jareef Martuza aclara expresamente que la investigación no pretende afirmar en ningún caso que la sociedad sea perfecta o que la deshonestidad no sea un problema real en el mundo moderno.

De hecho, en torno al 30% de los participantes en las pruebas sí decidió mentir para obtener el beneficio económico cuando se les presentó la oportunidad de hacerlo de manera impune. El hallazgo clave de su trabajo no es la ausencia de engaño, sino el hecho constatado de que nuestras suposiciones subjetivas sobre el volumen de este engaño están totalmente desproporcionadas con respecto a la realidad.

Por otra parte, la muestra poblacional del estudio se limitó a participantes residentes en los Estados Unidos que fueron reclutados a través de plataformas en línea, por lo que aún se desconoce si este patrón de pesimismo moral se repite con la misma intensidad en otras culturas con niveles de confianza interpersonal diferentes, como los países del sur de Europa o del este de Asia.

Además, los mecanismos psicológicos exactos que sostienen este sesgo siguen siendo una incógnita que la ciencia deberá despejar en futuros trabajos. Es posible que los eventos negativos (como enterarnos de una estafa o sufrir un robo) dejen una huella mucho más profunda en nuestra memoria que los actos cotidianos y silenciosos de honradez, distorsionando así nuestra percepción estadística global.

También es sumamente importante señalar que la lectura de un breve texto informativo en el marco de una encuesta en línea no reproduce la complejidad real de los procesos de toma de decisiones en el seno de una corporación multinacional, donde entran en juego factores financieros complejos, presiones legales y políticas de seguros que exigen controles estrictos.

Las plataformas de encuestas en línea se basan a menudo en títulos laborales autodeclarados por los propios usuarios, lo que podría no representar con total fidelidad la mentalidad de los directivos de más alto nivel que toman decisiones estructurales en las grandes empresas. No obstante, los autores insisten en que el sesgo de sobreestimar la deshonestidad sigue siendo un factor determinante que influye de manera directa en el apoyo a las políticas de vigilancia masiva.

Reflexiones finales para el día a día

La próxima vez que sientas la ventaja de desconfiar de un desconocido en la calle o de sospechar que tu compañero de equipo está tomando un atajo ético perjudicial para la empresa, valdría la pena detenerse a reflexionar un instante sobre tus propios sesgos cognitivos. Reconocer que cargamos con una programación mental que nos empuja a sobreestimar la deshonestidad de los demás nos permite afrontar nuestras interacciones cotidianas con una dosis saludable de generosidad, paciencia y empatía.

Aunque ser excesivamente confiado conlleva riesgos obvios en un mundo imperfecto, el exceso de desconfianza resulta igualmente destructivo al aislarnos de los demás y empujarnos hacia un cinismo estéril y paralizante.

La ciencia nos demuestra que la gran mayoría de las personas prefiere actuar con honradez y decencia incluso cuando se dan las condiciones perfectas para el engaño: decisiones completamente anónimas, ausencia total de castigo legal y ningún tipo de repercusión negativa sobre su reputación personal o profesional.

Este descubrimiento de la psicología experimental nos invita a cuestionar si nuestro pesimismo habitual hacia la moralidad de la sociedad en la que vivimos está realmente justificado por la realidad de los datos. Aprender a confiar un poco más en nuestros semejantes no es un acto de ingenuidad desinformada, sino una decisión inteligente respaldada por evidencias empíricas para construir comunidades más cohesionadas y entornos laborales mucho más libres, saludables y respetuosos.

Fuentes

https://doi.org/10.1016/j.jesp.2026.104904
https://www.sciencedirect.com/journal/journal-of-experimental-social-psychology

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