El Ego

Hace unas semanas un amigo me pidió escribir sobre cómo tumbar el ego, puesto que una amiga suya le preguntó por el tema y no supo bien cómo responder. Él, escritor experimentado con varios libros en su haber y bloguero, a su vez, iba a escribir otro artículo sobre el tema. Después pondríamos ambos un enlace al blog del otro y así se podian ver distintos puntos de vista. La verdad es que me pareció una idea interesante, por lo que al final del artículo pondré su link.

El ego cada vez está más en boca de la gente. Algunos lo utilizan con un sentido y otros con otro totalmente diferente. No vamos a hablar del Ego en su acepción Freudiana, más bien en la budista. Quizás quien más ha hecho uso de esta palabra es el escritor y maestro espiritual Eckhart Tolle y es por quien me siento más influenciado.

Empecemos por intentar definir el ego:

Podríamos decir que es nuestro sentido de identidad, pero quizás la definición se queda un poco corta. El ego es aquella resistencia que nos impide aceptar las cosas tal como son. Es ese ancla que nos mantiene fijos en una postura en una discusión, incluso a sabiendas de que no es la correcta. Es aquello que nos impide “rebajarnos” no vaya a ser que nuestro yo sea inferior a los demás. Es lo que nos hace reaccionar, a menudo no muy bien, cuando nos sentimos atacados o infravalorados. Personalmente creo que el ego es el principal motivo que nos causa infelicidad. El ego no es más que identificarnos con algo. Al aferrarnos a ese “algo”, lo convertimos en nuestro. Y, desde ese momento, forma parte de nuestro yo, nuestro Ego.

Un experimento esclarecedor es preguntarle a alguien ¿Quién eres? Algunos te responderán por su nombre, algunos por su profesión, algunos incluso te dirán de qué equipo de fútbol son… ¿De verdad somos eso? Si pierdes tu trabajo o cambiaras de nombre, ¿dejarías de existir?

Quien haya leído “La vida de nadie” de Carrere sabrá de lo que hablo, en él se cuenta la historia de alguien que engañó a todo el mundo durante 18 años, adoptando una identidad falsa. Creó toda una historia alrededor de un “yo” ficticio. Cuando finalmente fue descubierto, el desenlace fue fatal. Esta fue una manera atroz de tumbar el ego sin duda.

Pero todos en menor medida hacemos lo mismo. No podemos ser menos que nadie, incluso en una conversación no podemos dar el brazo a torcer ¿por qué? Puesto que, si yo pienso así, y estoy equivocado, ¿qué clase de “yo” soy? ¿Un yo falso? No olvidemos que todos nos identificamos con nuestro pensamiento. Y si mi pensamiento es equivocado, nuestro ego teme desaparecer. Y esta es la única razón por la que es tan difícil para mucha gente pedir perdón. Puesto que su ego se ve comprometido. Si quieres medir el ego de una persona, solo tienes que recordar si alguna vez ha reconocido algún error. Tan simple como eso. No falla.

¿Qué sería tumbar el ego?

Deseando la felicidad del prójimo. Volviendo a la humildad. A reconocer nuestros errores. A pedir perdón, incluso a riesgo de que no debamos hacerlo. A bajar, bajar y bajar y cuanto más abajo estemos más grande seremos (como decía Charles de Foucald). A no quejarnos (la queja es otra de las características del ego) A no enfadarnos (piénsalo fríamente, ¿qué sentido útil y adaptativo tiene el enfado?). A aceptar críticas. A escoger el peor asiento, a coger la ración más pequeña siempre pensando en los demás, y al hacer todo esto sabes que estás dando lo mejor de ti, a los demás. ¿hay algo más grande que hacerse pequeño?

Al tumbar el ego, obtenemos felicidad puesto que la ofrecemos a los demás, y cuanto más das más tienes. Como decía Shantideva, maestro budista, quien escribió en La Práctica de Bodhisatva: “Toda la felicidad de este mundo viene de desear la felicidad de los demás; todo el sufrimiento de este mundo surge de buscar la propia felicidad. ¿Es necesaria una explicación más exhaustiva? “

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Shantideva

Para finalizar me gustaría exponer una líneas del Libro Tibetano de la Vida y la Muerte de Sogyal Rympoché, donde profundiza aún más en este tema:

Mientras no desenmascaremos al ego, este seguirá engatusándonos. Si emprendemos el camino espiritual es para terminar con la grotesca tiranía del ego, pero la capacidad de éste para encontrar recursos es casi infinita y en cada etapa es capaz de sabotear y batir nuestro deseo de vernos libres de él. La verdad es sencilla, las enseñanzas son muy claras, pero, como he podido observar con gran tristeza en numerosas ocasiones, en cuanto empiezan a influir en nosotros y a motivarnos, el ego intenta complicarlas porque sabe que lo amenazan en lo más fundamental.

Al principio, cuando empezamos a sentirnos fascinados por el camino espiritual y todas sus posibilidades, hasta es posible que el ego nos aliente: ‘Esto es maravilloso, ¡es justo lo que te conviene! ¡Esta enseñanza es muy sensata!’.

Luego, cuando decimos que queremos probar la práctica de la meditación o hacer un retiro, el ego canturrea:’¡Qué gran idea!, Yo también iré contigo. Los dos podremos aprender algo’. Durante el periodo de luna de miel de nuestro desarrollo espiritual, el ego no cesará de estimularnos: ‘Es maravilloso. Qué sorprendente, que enriquecedor’

Pero cuando entramos en el período que yo llamo de ‘fregadero de cocina’ del camino espiritual y las enseñanzas empiezan a hacernos profundo efecto, es inevitable que nos veamos cara a cara con la verdad de nosotros mismos. Cuando el ego queda al descubierto, se le pone el dedo en la llaga, comienzan a surgir toda clase de problemas. Es como si nos pusieran delante de un espejo del que no podemos apartar los ojos.

El espejo está absolutamente limpio, pero en él hay un rostro feo e iracundo que nos devuelve la mirada: el nuestro propio. Empezamos a rebelarnos, porque nos disgusta lo que vemos; incluso es posible que nos volvamos contra el espejo y lo rompamos en pedazos, pero sólo conseguiremos que haya cientos de caras feas que siguen mirándonos.

Cuando llega ese momento nos enfurecemos y protestamos amargamente; y ¿dónde está nuestro ego?. Montando guardia fielmente a nuestro lado, azuzándonos: ‘tienes toda la razón, esto es indignante e insoportable. No tienes por qué aguantarlo’. Y mientras lo escuchamos cautivados, el yo sigue conjurando todo tipo de dudas y desvaríos emocionales, arrojando leña al fuego. ‘¿Todavía no te has dado cuenta de que esta enseñanza no es para ti?. ¡ya te lo había dicho! ¿No ves que este maestro no te conviene? Después de todo, eres una persona occidental moderna, inteligente y culta, y las doctrinas exóticas como el zen, el sufismo, la meditación y el budismo tibetano pertenecen a otras culturas. ¿De qué te sirve a ti una filosofía que nació en el Himalaya hace dos mil años?’

Mientras el yo contempla regocijado como nos vamos enredando cada vez más en su telaraña, aprovechará el dolor, la soledad y las dificultades que sufrimos cuando empezamos a conocernos a nosotros mismos, para culpar a las enseñanzas e incluso al maestro. Sin embargo por mucho que se esfuerce el ego en sabotear el camino espiritual, si nos mantenemos firmes en él y trabajamos a fondo en la práctica de la meditación, poco a poco iremos descubriendo lo embaucados que estábamos con las promesas del ego, sus falsas esperanzas y sus falsos temores. Poco apoco empezamos a comprender que tanto la esperanza como el temor son enemigos de nuestra paz mental; las esperanzas nos engañan y nos dejan vacíos y decepcionados y los temores nos paralizan en la estrecha celda de nuestra falsa identidad. Asimismo vamos viendo cuán absoluto ha sido el dominio del ego sobre nuestra mente y advertimos que el ego, como un timador chiflado, nos ha estado estafando durante muchos años”

Extracto de “El libro tibetano de la vida y de la muerte” de Sogyal Rimpoché

Si te ha gustado el artículo, puedes seguir leyendo sobre este tema en:

http://pedagogiapsicologia.blogspot.de/2016/06/la-torre-tumbar-el-ego.html

Photo: Celine Nadeau/Flickr

 

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