Imagina un mundo donde una simple infección de garganta o un rasguño accidental en la rodilla pueda volverse mortal. No es el argumento de una película distópica, sino una realidad que los expertos ven cada vez más cerca. Annemiek Verkamman, directora general de HollandBio y representante de las organizaciones neerlandesas de biotecnología y ciencias de la vida, ha alzado la voz para advertirnos sobre una amenaza que ya está aquí.
Según Verkamman, la resistencia a los antibióticos supone una amenaza tan grave para la salud pública que en los círculos expertos ya se habla de una próxima «pandemia» silenciosa. Sin embargo, a pesar de la magnitud del problema, solo un puñado de pequeñas y medianas empresas biotecnológicas se dedican actualmente al desarrollo de nuevos antibióticos.
Esta situación nos sitúa en un escenario de vulnerabilidad extrema. Si te detienes a pensar en los avances de la medicina moderna, te darás cuenta de que casi todos dependen de la eficacia de los antibióticos. Desde las cirugías rutinarias hasta los tratamientos de quimioterapia o los trasplantes de órganos, todo colapsaría si las bacterias se vuelven inmunes a nuestras medicinas.
La advertencia de Verkamman no es un grito de alarma infundado, sino un análisis basado en la realidad del mercado actual, donde la innovación médica se está viendo frenada por barreras económicas que parecen insalvables. A lo largo de este artículo, exploraremos por qué estamos en esta situación y qué soluciones se proponen para evitar que la «bomba de relojería» acabe estallando.
Por qué hay tan pocos antibióticos nuevos en fase de desarrollo
El desarrollo de nuevos antibióticos ocurre hoy en día contra el sentido común de los inversores. Puede parecer contradictorio, pero el sistema financiero que impulsa la industria farmacéutica no está diseñado para fomentar la creación de productos que deben usarse lo menos posible. Las inversiones necesarias para llevar un nuevo fármaco al mercado son astronómicas, y en el caso de los antibióticos, los costes sencillamente no se pueden recuperar financieramente bajo el modelo actual.
Mientras tanto, la resistencia de los hongos y bacterias patógenos a los antibióticos actuales sigue aumentando de forma alarmante. Según Verkamman, estamos ante una bomba de relojería y, a pesar de ello, no estamos haciendo prácticamente nada para detenerla.
La falta de incentivos ha provocado una fuga de cerebros y de capital en el sector. Las grandes corporaciones farmacéuticas han abandonado en gran medida la investigación de nuevos antibióticos para centrarse en medicamentos destinados a enfermedades crónicas, que se consumen a diario durante años y garantizan un retorno de la inversión estable.
Esto deja el peso de la innovación en manos de pequeñas y medianas empresas (pymes) que operan con presupuestos limitados y un riesgo de quiebra altísimo. Si una de estas pymes logra desarrollar con éxito un antibiótico revolucionario, se enfrenta a la posibilidad de no vender lo suficiente para cubrir sus deudas, ya que el sistema sanitario reservará ese nuevo fármaco solo para los casos más graves.
La paradoja de la biotecnología y el uso responsable
Aquí nos encontramos con una paradoja bizarra para el sector biotecnológico. Por un lado, la salud pública exige que desarrollemos antibióticos efectivos; por otro lado, una vez que se consiguen, se nos dice que no deben usarse a menos que sea absolutamente necesario para evitar que las bacterias generen nuevas resistencias.
Este uso moderado y selectivo, aunque es vital para preservar la eficacia del medicamento, inhibe la innovación a largo plazo. Ninguna empresa puede sobrevivir si su producto estrella se guarda bajo llave en una vitrina para ser usado solo en emergencias extremas.
Esta situación crea un desincentivo perverso. Si tú fueras un inversor, ¿pondrías tu dinero en un fármaco que los médicos intentarán no recetar? Probablemente no. El resultado es que la investigación se estanca mientras las bacterias siguen evolucionando. Cada vez que usamos un antibiótico, las bacterias supervivientes aprenden a defenderse, transmitiendo esa información genética a su descendencia.
Si no introducimos nuevas moléculas en el mercado de forma constante, llegará un punto en el que no nos quedará ninguna herramienta eficaz para combatir infecciones comunes, devolviéndonos a la era pre-antibiótica de principios del siglo XX.
El mecanismo de la resistencia bacteriana
Para entender la gravedad del asunto, debes comprender cómo funcionan estos microorganismos. Las bacterias tienen una capacidad asombrosa para adaptarse al entorno. Mediante procesos de mutación genética o el intercambio de plásmidos (pequeños fragmentos de ADN), pueden desarrollar mecanismos para expulsar el antibiótico de su interior, modificar el sitio donde el fármaco debe atacar o incluso producir enzimas que neutralizan la medicina antes de que actúe.
Este proceso de selección natural se ve acelerado por el uso excesivo e incorrecto de los antibióticos en la medicina humana y la ganadería industrial. Cuando la resistencia aumenta y la innovación disminuye, el vacío resultante es el que Verkamman define como una amenaza inminente.
No se trata de si ocurrirá una crisis sanitaria global por bacterias multirresistentes, sino de cuándo ocurrirá si no cambiamos nuestra forma de financiar la ciencia.
Alternativas de financiación para estimular la innovación
Según Verkamman, necesitamos estimular el desarrollo de antibióticos de formas alternativas a las tradicionales de mercado. No podemos esperar que el libre mercado solucione un problema donde el beneficio económico está reñido con el objetivo de salud pública. Una de las propuestas más sólidas es la creación de fondos de caridad o modelos de suscripción como forma de financiación alternativa.
El modelo de suscripción, a veces llamado «el modelo de Netflix para los antibióticos», consiste en que los gobiernos paguen una cuota fija anual a las empresas biotecnológicas por el acceso a sus antibióticos, independientemente de la cantidad de fármaco que se use realmente.
Esto garantizaría a las empresas unos ingresos predecibles y suficientes para cubrir sus costes de investigación y desarrollo, eliminando la presión por vender grandes volúmenes. Además, sería inteligente reservar fondos públicos de forma sistemática, ya que el desarrollo de nuevos antibióticos es una cuestión de interés común.
Al igual que pagamos por tener un cuerpo de bomberos aunque no haya incendios todos los días, debemos pagar por tener antibióticos eficaces listos para cuando las infecciones más agresivas aparezcan.
Modelos de colaboración público-privada
La colaboración entre estados y empresas privadas es fundamental. Los gobiernos no pueden limitarse a ser reguladores; deben convertirse en socios estratégicos. Esto incluye reducir las barreras burocráticas para los ensayos clínicos de antibióticos y ofrecer incentivos fiscales que compensen el riesgo asumido por las pequeñas biotecnológicas.
Si no se crean estas redes de seguridad, seguiremos viendo cómo empresas con proyectos prometedores cierran sus puertas por falta de liquidez, perdiendo años de conocimiento científico acumulado.
Existen ya iniciativas internacionales que intentan abordar esto, pero su escala sigue siendo pequeña en comparación con la magnitud del problema. La clave está en desvincular el beneficio económico del volumen de ventas. Solo cuando el éxito financiero de una empresa dependa de la disponibilidad del fármaco y no de su consumo masivo, podremos alinear los intereses de la industria con los de la salud global.
El proyecto Obras del Delta contra las enfermedades infecciosas
Verkamman concluye su análisis recordando una parte fundamental de la historia de los Países Bajos. En el pasado, este país fue capaz de armarse contra el mar mediante las llamadas Obras del Delta (un conjunto de proyectos de construcción masivos que salvaron al país de inundaciones catastróficas tras el desastre de 1953). Lo que ella propone ahora es que nos blindemos contra la resistencia a los antibióticos con unas Obras del Delta de las Enfermedades Infecciosas que nos protejan de futuras oleadas de patógenos. Al fin y al cabo, siempre es mejor prevenir que curar.
Esta metáfora es muy poderosa. Las Obras del Delta no se construyeron cuando el agua ya estaba inundando las casas, sino como una respuesta estructural y a largo plazo para evitar que el desastre se repitiera. De la misma manera, no podemos esperar a que los hospitales estén llenos de pacientes con infecciones incurables para empezar a invertir en nuevos antibióticos.
La infraestructura científica y biotecnológica debe construirse hoy para que sea el muro de contención del mañana.
La prevención como pilar fundamental
Dentro de este esquema de protección global, la prevención no solo se refiere a crear nuevos fármacos, sino también a mejorar el diagnóstico y la higiene. Si podemos identificar rápidamente qué bacteria está causando una infección, podremos recetar el antibiótico específico en lugar de uno de amplio espectro, reduciendo así la presión selectiva que genera resistencias.
Las Obras del Delta de la salud deben incluir también una educación profunda de la población sobre el uso de estos medicamentos.
Si vosotros, como ciudadanos, entendéis que no se deben pedir antibióticos para una gripe (que es viral) y que se deben completar siempre los tratamientos prescritos, ya estáis ayudando a construir ese muro de contención. La responsabilidad es compartida: desde el laboratorio que investiga hasta el paciente que consume, pasando por los políticos que deciden dónde invertir el dinero público.
El impacto global de la inacción y el futuro de la medicina
Si no tomamos medidas urgentes, las consecuencias económicas y sociales serán devastadoras. Se estima que para el año 2050, las infecciones por bacterias resistentes podrían causar más muertes que el cáncer, llegando a los 10 millones de fallecimientos anuales en todo el mundo. Esto no solo supone una tragedia humana incalculable, sino también un golpe mortal para la economía global debido a la pérdida de productividad y al aumento del gasto sanitario.
La resistencia a los antimicrobianos no entiende de fronteras. Una bacteria resistente que surja en un pequeño pueblo de cualquier continente puede estar en vuestra ciudad en cuestión de horas gracias a la hiperconectividad de nuestro mundo actual. Por eso, el enfoque debe ser global. La biotecnología tiene el potencial de salvarnos, pero necesita que el marco económico y político le permita trabajar.
La ciencia está preparada, los investigadores tienen las ideas, pero falta el compromiso firme de quienes gestionan los recursos para evitar que la medicina retroceda un siglo.
Conclusiones para una estrategia de defensa nacional y global
En resumen, la advertencia de Annemiek Verkamman es un recordatorio de que la salud pública es un equilibrio frágil que requiere mantenimiento constante. La biotecnología es nuestra mejor arma, pero las pymes que lideran esta lucha necesitan un sistema de recompensas que no las castigue por el uso responsable de sus productos.
El modelo de suscripción, los fondos públicos y las donaciones son herramientas que debemos empezar a utilizar de manera generalizada si queremos tener una oportunidad.
Como sociedad, debemos exigir que la lucha contra la resistencia a los antibióticos se convierta en una prioridad política de primer nivel. No podemos permitir que la rentabilidad a corto plazo ponga en peligro la seguridad sanitaria a largo plazo. Al igual que los neerlandeses dominaron el agua con ingeniería, nosotros debemos dominar a los patógenos con innovación y una visión estratégica común.
La próxima pandemia ya está avisando, y esta vez no tenemos excusa para decir que no lo sabíamos.
Fuentes
https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/antimicrobial-resistance
https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(21)02724-0/fulltext
https://www.ecdc.europa.eu/en/antimicrobial-resistance/facts/factsheet-general-public
https://www.cdc.gov/drugresistance/index.html
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