Trastornos del carácter en los niños

En los servicios de psicología se utiliza muy a menudo el término de niño caracterial para designar a los niños “alterados” que, debido a su comportamiento perturbador y constantemente irritante, aparecen como marginados.

De este modo se asocian con frecuencia trastornos de carácter y de comportamiento, siendo estos últimos la manifestación de los primeros. En este campo han de discutirse dos nociones: lo innato del carácter y su inmutabilidad.

Lo innato y lo adquirido

Hay quienes defienden la inmutabilidad del carácter, considerando como una especie de signo grabado que imprime definitivamente su marca sobre el desarrollo de cada persona. Se trataría entonces de un conjunto, dispuesto de forma diversa, de predisposiciones innatas, constitucionales, que presidiría el destino, inclinándolo siempre en la misma dirección.

Desde esta perspectiva constitucionalista, se ha aislado un cierto número de tipos de carácter cuya misma diversidad, según los autores, muestra a las claras que no se trata sino de un bosquejo un tanto artificial. Así ocurre con los tipos emotivo, inestable, ciclotimico, psicasténico, paranoico, epileptoide, esquizoide, mitómano o perverso.

Es cierto que esos diferentes tipos corresponden a una determinada forma de ser, pero pueden ser cambiantes, variables en el tiempo y en el espacio. Carecen, sobre todo en los niños, de fijeza. Encerrar a éstos en una categoría que se considera como inmutable y perfectamente definida, como algunos han querido hacer, conduciría necesariamente a un inmovilismo desesperado.

Si algunos rasgos de carácter pueden parecer heredados, lo cual no puede afirmarse con certeza, no cabría subestimar la importancia de las experiencias vividas y, por consiguiente, del medio ambiente de los traumatismos, tanto somáticos (lesión encefalítica) como psíquicos, sufridos durante la infancia, periodo durante el cual el individuo es particularmente frágil y vulnerable.

Cada uno de los daños físicos o afectivos implica una modificación, un ajuste del ser en plena evolución que es el niño, a partir de los cuales será diferente de lo que era hasta entonces y se edificará sobre nuevas bases. No insistiremos en todo lo que ya se ha dicho a propósito de las relaciones primarias madre-hijo, de las que ya se sabe que el rechazo materno latente o patente puede originar desórdenes precoces de la organización afectiva.

Desórdenes familiares

Se puede decir con certeza que la expresión más importante de estas carencias se observa en las situaciones de hospitalismo en las que el niño, situado sucesivamente en diferentes hogares adoptivos y colectividades, no es capaz de establecer un lazo afectivo válido con una imagen materna. Pero también existen abandonos y rechazos intrafamiliares más sutiles y más matizados, pero no menos nocivos. En efecto, el niño soporta mal cualquier situación de inseguridad, independientemente de cuál sea ésta y en donde se produzca.

Esta inseguridad se encuentra con una frecuencia particular en ciertos ambientes especialmente desfavorecidos, donde, por ejemplo, el alcohol o la promiscuidad están muy presentes o reina la inestabilidad de inserción y la nocividad de las imágenes parentales.

Sin embargo, si se tiene en cuenta el dinamismo de la organización infantil, cabe pensar que tales carencias, por decisivas que sean, pueden ser compensadas en cierta medida y que el pronóstico de estos enviciamientos primarios no es necesariamente catastrófico, a poco que se sepa ponerles remedio.

Cuanto más precoz sea la actuación, más probabilidades tiene de resultar eficaz. Es decir, que si definiésemos a los desequilibrados psíquicos adultos a través de un cierto número de datos (precocidad de los trastornos del comportamiento y del carácter, precariedad de la inserción social, inestabilidad de la existencia, labilidad de las situaciones afectivas, inmadurez del sentido ético e impulsividad acompañada de acciones súbitas y brutales) los niños y los adolescentes llamados caracteriales son, debido a su misma edad, más maleables, como lo prueban diferentes estudios catamnésticos (es decir, realizados posteriormente, cuando es posible seguir al enfermo durante un largo periodo de tiempo).

Resulta erróneo por lo tanto aplicar al joven las mismas normas que al adulto. Debido a su absoluta dependencia, los trastornos que manifiesta están en función estrecha del entorno y de la tolerancia de este. Tolerancia eminentemente variable de un medio a otro.

Haciendo referencia a la clásica fórmula de Freud que define al niño como perverso polimorfo que actúa movido únicamente por sus instintos, parece que algunos, debido a numerosos factores constitucionales, somáticos y afectivos, presentan una cierta agenesia (falta de elaboración) del superyó, que no controla (o lo hace insuficientemente) las exigencias de los instintos.

Tales sujetos prolongan más que los otros la fase en que domina el principio del placer, sin que se tenga en cuenta el principio de realidad que permite la adaptación a las obligaciones del entorno social.

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